DE LAS DESVENTURAS DEL PROCELOSO HIDALGO DON CRISPÍN TALAMONA MUMAHL Y SUS CORRERÍAS EN POS DE DESFACER TUERTOS
Capítulo VII: "De la llegada de Don Crispín a una población y de la suerte de desgracias que en ella encontraría".
Entreteníase el de Nombela hurgando los recovecos de su oreja izquierda con la uña de su dedo meñique, no recortada durante años para ser utilizada en tal menester, cuando la carreta sobrepasó un cartel vacío que indicaba que se hallaba próximo el final de tan tortuoso camino.
Seguía en su exploración científica Don Crispín cuando, sin darse cuenta, los niños que encontraba a su paso empezaron a reírse de su humillante forma de ser transportado, decidiendo entonces lanzarle todo tipo de objetos ante su indefensión y su aparente indiferencia. Primero pequeñas chinas, posteriormente cantos de mayor tamaño, y finalmente frutas, verduras, hortalizas, cacahueses, manises oiga, manises barato, señora. Hay refrescos, agua, cebada y otros alimentos que robaron de un puesto del mercado.
Nuestro caballero reaccionó finalmente farfullando entre dientes... y trozos de madera:
- ¡Madditof niñof! ¡Efberad a gue of coja, bdibonef! ¡Y probadéif el filo de bi afero!
Reacción que provocó una carcajada aún más sonora entre los infantes y algunos habitantes adultos del pueblo, ante la desnudez del de Nombela, su vocabulario y lo humillante de su postura mientras, atado de una pierna y siendo arrastrado por un carro de caballos, blandía sus brazos y profería insultos por doquier.
Dicha situación se prolongó hasta que Genaro Tapia tuvo a bien detenerse en el centro de la plaza del pueblo, entre la iglesia, el ayuntamiento, la escuela y el mercado, en que en días como aquel concurrían gentes del pueblo y otras localidades cercanas. Para alivio de Don Crispín, el cura salió de la escuela increpando a los chavales y obligándoles a entrar de nuevo en las aulas, arrastrando a más de uno de la oreja. Restablecido el orden infantil, se dirigió el cura a Don Crispín en el mismo tono:
- Y usted... ¿No le da vergüenza entrar de esa forma en un pueblo honrado y decente? ¿Es que no se ha visto usted?
- La verdad - contestó el de Nombela -, no. Hace un buen rato que no tengo oportunidad de verme por razones obvias.
- Ande, ande... vaya en cuanto pueda a la iglesia y le procuraré algo con que tapar sus vergüenzas que, a juzgar por lo que puedo ver... hacen verdadero honor al apelativo de vergüenzas... y se lo dice alguien que cumplió hace años con sus votos de castidad, pero es que lo suyo no son votos, es un castigo divino.
- Oiga usted, Maese Ese, o como diablos se llame. Que no he venido yo aquí a que un cura me sermonee y menos para que se mofe de atributos terrenales que escapan a su jurisdicción... No obstante, le visitaré para mejorar mi aspecto físico... Por cierto, mi piel es delicada, trate de evitar el polyester en la medida de lo posible, pues me provoca erupciones y sarpullidos y tengo una imagen que mantener. Vaya con Dios.
- ¡Y usted al Diablo! ¿No te digo? ¡Lo que tiene uno que escuchar a lo largo del día!
Descendió Genaro Tapia de su carreta y vio sorprendido que su pasajero no se encontraba en el interior. Maldijo al de Nombela por su ingratitud y a punto estuvo de reanudar la marcha cuando escuchó a Don Crispín hacer esfuerzos por desatarse de la cuerda que le unía al carro.
- ¡Hombre de Dios! ¿Cómo ha llegado usted a tal tesitura?
- Ya ve usted, Señor Tapia, a punto estaba yo de saltar a su carro cuando, en mi duda, usted consideró que ya había subido y decidió ponerse en marcha, quedándome atado por una cuerda que me arrastró durante todo el camino...
- ¿Que me importa un comino?
- Si, eso... justo eso, Señor Tapia... no sé de qué tiene más, si de sordo o de tonto... en fin... ESTOOO... ¿PODRÍA AYUDARME A DESATARME, POR FAVOR?"
- Por supuesto... pero no termina de quedarme claro cómo ha llegado usted a esta situación, y no se crea que me importa un comino. Tengo una reputación que mantener dentro del gremio de transportistas.
Con ayuda del Teniente logró soltarse el de Nombela. Con ayuda de varios curiosos que por ahí pasaban logró ponerse en pié y con ayuda de una pared consiguió mantenerse en posición vertical durante unos segundos. Tras varias caídas decidió quedarse sentado hasta recuperar el equilibrio. Aprovechó entonces para retirar de su superficie corporal restos de fruta y verdura en mal estado, raspas de pescado, piedras incrustadas, algunos trozos de tela que ya no tapaban nada que la imaginación no dejase ver sin esfuerzos, y hasta algún que otro trozo de piel que colgaba (de forma no natural, se entiende).
Recuperado el equilibrio, físico, y puesto en pie definitivamente, dirigióse D. Crispín a la Iglesia. Llamó a la puerta y le abrió el ama que se encargaba del cuidado de la casa del cura. Era una mujer corpulenta, gruesa, ligeramente entrada en carnes, de buen año y... por decirlo de alguna forma sutil, gorda como una elefanta embarazada de gemelos. Masticaba un trozo de madera que escupió a los pies de Don Crispín preguntándole:
- ¿Qué diablos quiere molestando en la casa del Señor?
- Esto... ¿Está el Señor? - contestó Don Crispín intimidado por aquella mujer.
- Nos ha salido gracioso el caballero, ¿eh?
- Verá Usted - contestó el de Nombela - el señor cura me dijo que viniera, que él me procuraría algo con que taparme. Y no me vendría nada mal poder darme un baño y sanar algunas de mis heridas, y además...
- ¿Y además qué? ¿Querrá usted un masaje exfoliante? ¿Un tratamiento antiarrugas y antienvejecimiento? Pues creo que llega usted tarde, joven... Lo suyo no tiene mucho arreglo ya.
- No, y además vengo buscando a mi caballo y a mi perro, que me fueron robados en el capítulo anterior...
- Ah, bueno... en ese caso, pase, pase... Espere ahí que ahora mismo llamo a Don Maese Ese-. Dicho esto, el ama le indicó el camino a una sala de estar, donde se cocinaba un guiso a fuego lento y desapareció, dentro de lo posible, por una puerta lateral ensanchada a tal efecto.
Unos minutos más tarde aparecieron el cura y el ama por la puerta por la que esta última desapareció unos minutos antes (como no podía ser de otra forma si vas siguiendo mínimamente el hilo de esta historia). Ante su sorpresa, encontraron el cuerpo de Don Crispín semisumergido boca abajo en la olla, devorando el caldo, las verduras, la carcasa de pollo, la carne de morcillo y hasta los huesos que encontró al fondo para así saciar su hambre.
Relamiéndose las hojas de repollo que habían quedado en sus barbas y frotando al tiempo su vientre satisfecho, sacó el de Nombela su insigne cabeza del caldero descubriendo que no se encontraba precisamente solo... Entonces se dirigió al padre y le comentó:
- Toda una delicia de guiso, Pater. No se cuidan mal ustedes los curas, ¿eh? ¿Antes me dijo voto de castidad o de ayuno? - Le miró de arriba a abajo y prosiguió contestándose a si mismo-. Castidad, debió decir castidad, porque con ese aspecto y viviendo con una mujer así en la misma casa... ¿Y usted, buena señora? Lo del voto de ayuno tampoco... y lo de la castidad... le viene impuesto me temo..
Se hizo el silencio, mientras el cura y el ama parecían fruncir sus ceños. Una vena en sus respectivas frentes se hinchaba cuando Don Crispín, haciendo gala de su diplomacia, preguntó:
- ¿Y qué hay de ese modelito de Prét a Porter que me iban a preparar?
El padre se lanzó directo al cuello del de Nombela, mientras el ama le frenaba repitiéndole:
- ¡Padre! ¡Padre! ¡Tranquilícese! ¡Recuerde que la Ira es pecado capital!
- También dice la Biblia 'No matarás' - contestó el cura -, así que en un mismo acto me condenaré doblemente.
- Haga caso a la señora, Pater... que si lleva encima tanta razón como kilos debe saber bien lo que se dice -alegó nuestro hidalgo en su defensa-, tras lo cual notó cómo 20 dedos se apretaban alrededor de su cuello dificultándole ligeramente las labores de respiración.
En tal situación le resultaba difícil solicitar auxilio en su confuso y particular politeísmo monoteísta. No podía articular palabra alguna en su defensa a fin de escapar de las 56 falanges que se ceñían a su cuello (Nota Anatómica Aclaratoria: consideramos como falange a cada uno de los huesos, dos en el caso del pulgar y tres en el resto, que conforman la estructura ósea de los dedos de las manos del ser humano).
En ese momento, a punto de perder el conocimiento por acumulación de falta continuada de riego y oxígeno en el cerebro durante años, Don Crispín abrió su boca y, entre restos de carne, garbanzos, caldo que fue vertiéndose por las comisuras de los labios castellanos de nuestro hidalgo y alguna pieza dental que milagrosamente permanecía en su boca, pudo oírse una exclamación que parecía algo así como un:
- ¡NAKKERLIADOR!
El cura y el ama aflojaron la presión de sus dedos... se miraron el uno al otro y repitieron repetidas veces:
- ¿Nakkerliador?
Y repitieron:
- Nakkerliador, Nakkerliador, Nakkerliador.
- No suena mal -dijo el cura-, algo extraño pero no suena mal del todo.
- Podría ser -afirmó el ama-. San Nakkerliador del Valle, ¿cómo le suena?
Ambos se miraron de nuevo, levantaron una ceja (cada uno la suya) y afirmaron:
- ¡Nahhh!
Acto seguido dirigieron sus manos de nuevo hacia el cuello de Don Crispín quien, una vez restablecido el tránsito aéreo por su garganta, y mientras carraspeaba tratando de recuperar su habitual timbre de voz, les detuvo con su dedo índice mientras afirmaba:
- A ver a ver, que creo que me he perdido algo aquí. ¿Qué rayos acontece que tanta importancia dan a una interjección ininteligible?
El cura explicó al de Nombela que el pueblo arrastraba una penosa situación desde su fundación. Hacía ya siglos que estaban instaurados en aquella localidad.
- Primero se instaló un viajante que puso un negocio en medio de un camino, una venta donde dar posada y alimento a los viajantes parar a refrescarse. Luego fueron creciendo viviendas y negocios a su alrededor. Se hizo la iglesia, se creó la escuela para los jóvenes, incluso se aprovechó el enclave geográfico para establecer un floreciente comercio en el que concurrían mercaderes de puntos distantes para ofrecer sus productos.
Pasó el tiempo y la comunidad se asentó, se le dotó de alcaldía, incluso de juez propio e independiente. Pero olvidaron hacer algo importante. Olvidaron poner nombre al pueblo, que podría haber llegado a convertirse en una gran capital de no haber sido por ese estúpido error.
- Eso explica el cartel en blanco a la entrada del pueblo, ya entiendo -interrumpió Don Crispín.
- El problema viene ahora, porque se está produciendo una centralización de poder y nos amenazan con hacernos dependientes del pueblo vecino si en un plazo de dos meses no censamos toda la población, la localidad y cuanto en ella se halle con un nombre propio. Hemos pensado y pensado. Hemos sometido a referendum, hemos admitido ideas... pero, unos nombres porque ya estaban usados... ¿a ver, dónde diantres está eso que llaman Sevilla? Otros nombres no los han considerado válidos... No sé por qué no admiten como nombre de población: 'Atlético de Aluche'? Nos estábamos incluso inventando la historia con remotos orígenes íberos... pero nada, no ha habido forma... por eso andamos desquiciados buscando el nombre que mejor le vaya, y de cualquier sonido tratamos de sacar una idea. Incluso llegamos a jugar con los nombres de el alcalde, don Saturio, la... mujer de vida, digamos alegre, aunque con muchos defensores en el pueblo: Dolores, y yo, el poder eclesiástico, Don Servando... "Ese" para los amigos. Y la idea que surgió fue Savanlores. Savanlores del campo, Savanlores del Río, Savanlores del Castillo, Savanlores del Valle... hasta habíamos propuesto nombrar a la capilla de la Virgen de los Savanlores... pero nos fue vetada la idea y aquí seguimos. Una desgracia.
- No tanto, afirmó Crispín. ¿No han pensado en hacer referencia al origen del pueblo? ¿No dice que fue una venta en un camino? Nada más fácil, Maese Ese...
"VENTILLA DEL CAMINO"
El cura y el ama se golpearon con la mano en la frente... cada uno en la suya, mientras se preguntaban cómo no se les habría ocurrido antes. La idea les pareció estupenda y corrieron a decírselo al alcalde y proponer dar un cargo honorífico al de Nombela... y algo de ropa, en agradecimiento por su gran favor.