Histerias Logo



     H  I  S  T  E  R  I  A  S
martes, 15 de mayo  

JineteDE LAS DESVENTURAS DEL PROCELOSO HIDALGO DON CRISPÍN TALAMONA MUMAHL Y SUS CORRERÍAS EN POS DE DESFACER TUERTOS

Capítulo VI: "Del encuentro con Gerardo el Bardo".

Detenido bajo el árbol, mirando en rededor, anduvo pensando el de Nombela, hasta marearse debido a los giros sin llegar a ninguna conclusión. Cuando volvió a volver en sí seguía, como es de esperar, tan solo como antes, sin Mustafá, sin Eureka, sin nada que llevarse a la boca y perdido en medio de la llanura castellana bajo un sol de justicia que no consideraba justo en absoluto.

Mientras volvía a analizar su situación, esta vez sentado y sin moverse de su sitio, notó cómo alguien se acercaba en la lejanía, acompañado por una melodía y el rasgueo de un instrumento de cuerda. Se fijó con más atención y acertó al afirmar que se trataba de un laúd (el instrumento... al músico no lo conocía). Así que, viendo que dirigía sus pasos hacia donde estaba el de Nombela, D. Crispín decidió seguir el consejo de los sabios de tierra... de su otra tierra, y esperó a que fuera la montaña quien fuera a Mahoma. Desconocemos si la montaña fue a Mahoma pues no tenemos noticias de la orografía de la zona previa a la existencia del profeta. Lo que sí sabemos es que el músico siguió dirigiendo sus pasos hacia el de Nombela.

Llegando el músico a donde el caballero reposaba se quitó un sombrero de ala ancha, de medio lao, dejando ver las zapatillas, por si hay problemas, salir volao... Detuvo a su caballo, puso fin a la troba que interpretaba mediante dos acordes y un "Chim, pon!" y saludó a nuestro hidalgo.

- Me presentaré, buen señor. Soy Gerardo, el Bardo... artista multidisciplinar, multitarea y, en ocasiones, multiorgásmico... aunque no vienen a cuento mis hazañas y cameos, ya que me dedico a cantar por los caminos, las plazas y los salones de los reinos las grandes hazañas de los caballeros... Y usted, ¿quién sois, noble caballero?

- Don Crispín Talamona Mumahl, Grande de Nombela - afirmó nuestro protagonista mientras los silbidos se escapaban entre sus dientes al hablar.

Don Crispín el de Nombela
Moromierda le dijeron
Esos que le conocieron
En el cole y en la escuela

- Vengo de una estirpe de grandes hidalgos que han favorecido a los reyes castellanos en su lucha contra los infieles -continuó Crispín tratando de que el Bardo no perdiera detalle por si le inspiraba algún verso.

Los Talamona lucharon
Siempre espaldas a Castilla
De esta forma tan sencilla
Perdiendo siempre ganaron

- Y mi intención es la de lograr elevados y secretos propósitos y desfacer tuertos y entuertos, aunque sé que Jonás Paviento, también conocido como Jonás Altador de Caminos, trata de arrebatarme mis intenciones. De momento no va mal, pues me ha despojado de mi corcel Mustafá y de mi fiel galgo Eureka... -seguía relatando Crispín cuando fue interrumpido por Gerardo...

Guiado por buena estrella
Él trataba de lograr
Sus dos ojos no cerrar
Cuando el estornudo acecha

Cruzó tierras de Castilla
Conoció una mora hermosa
Pasó una noche penosa
Y tornose en pesadilla

Sin lograr el estornudo
Sin conseguir a la mora
Sin comer en muchas horas
Su estómago se hizo un nudo

Su cabalgar se lo debe
A su corcel, Mustafá
Cómodo como un sofá
Y además apenas bebe

Compañero fiel, Eureka
Galgo ágil, algo galgo
Compañero del hidalgo
Y un poco cabeza hueca.

Desfacer tuertos y entuertos
Ese es su fin y su suerte
A los malos darles muerte
Y dejarlos muy bien muertos

Guiado por una estrella
Siempre con el alma queda
No lleva ni una moneda
Mas bien vale una epopeya

Pero con Jonás Pavientos
Ladrón de propósitos buenos
Tendrá sus más y sus menos
Y muchos enfrentamientos

Y esta es su triste historia
Maltrecho y bien dolorido
Humillado y malherido
Y hecho una triste escoria

Gran Ingeniero el hidalgo
Es Don Crispín Talhamona
De Ceuta hasta Barcelona
...

- ¡¡Basta ya!! -interrumpió Don Crispín, viendo que la canción empezaba a dejarle en un mal lugar. En estos momentos busco a Mustafá y a Eureka, así como mis pertenencias, por pocas que sean. Mis manuales de caballería, mi armadura, mi escudo y, sobre todo, mi espada que me hará vencer en mil batallas (nota del coautor: ¿por qué los caballeros limitan su poderío a mil batallas? ¿No pueden, ya que están, vencer una mas?)

Olvida tu mella
Refresca tu frente
Sería inteligente
Seguir esas huellas...

Así habló Gerardo el bardo señalando la las claras huellas que dejó Mustafá al ser robado por Jonás Paviento.

- Estoooo... eso ya lo había pensado yo, ejem, no obstante seguiré tu consejo... -sentenció el de Nombela.

- Nos volveremos a ver, Gerardo?

- Confío en ello Crispín, ha de contarle hasta el fin, sus aventuras al bardo...

Y así partieron en direcciones opuestas el músico y el caballero. El uno siguiendo las huellas de Mustafá y el otro canturreando canciones no demasiado inspiradas... Minutos más tarde volvieron a encontrarse bajo el árbol...

- Esto... ¿no era usted el que debía seguir las huellas de su corcel? - interrogó el músico.

- Si, claro... ya decía yo que me veía raro con un laúd entre las manos... además, me he roto una uña.

- Tranquilo, suele pasar al principio, luego se acostumbra uno...

Y así siguieron cada uno por su camino (esta vez sí), sin saber que antes o después se encontrarían en los lugares y las situaciones más inverosímiles... o no.

martes, junio 29 > | Uru | Hallábase pues a la sazón el de Nombela demediado, desmadejado y parcialmente desdentado, todo lo cual, sumado, le tenía bastante mosca. Amén de que la uña que perdiera en el trance del laúd, con ser la perteneciente al dedo chico no era la menos importante, pues holgábase usualmente el héroe en escarbar con ella en distintos recovecos de su cuerpo -y aún en recovecos de cuerpos ajenos si a ello se prestaban-, y encontraba gran contento en desprender con ella cascarrias, legañas y otras excrecencias. Y dio en pensar que aquellas infelices circunstancias no podían ser fruto de la mera casualidad, y que una mano negra debía hallarse tras tanto infortunio.

-Pues en verdad te digo, Eureka amigo, que si bien lo piensas... se arrancó D. Crispín, interrumpiéndose bruscamente al recordar que su único oyente había desaparecido -Mustafá no era simple oyente, sino que había que calificarlo de interlocutor, por la claridad con que se expresaba-. No se inquietó por ello en principio el héroe, y se limitó a murmurar para sus adentros aquel conocido refrán: "Que cada perro se lama su cipote". Proverbio que en su infancia le había producido serias inquietudes cuando oía a su padre llamar a los cristianos "perros infieles". Valga decir que los Talamona jamás empleaban tal género de expresiones en presencia de testigos, o al menos en presencia de testigos con suficientes capacidades físicas como para constituir un serio problema. Vamos, que ante niños, viejas y perros juraban cual carretero cuesta arriba, pero ante el común de los mortales los Talamona se mordían la lengua.

Habilidad esta que Don Crispín echaba en falta amargamente, la de morderse la lengua, pues los restos de su dentadura no le permitían semejantes dislates, salvo mediante la realización de varios y muy complicados asparajismos en los que intervenían las articulaciones de mandíbula y codo, las cervicales al completo y otras partes que la decencia y la vergüenza impiden nombrar. Empeñado en ello pese a todo, tomó asiento D. Crispín bajo un árbol, dispuesto a morderse la lengua cosa de un par de veces antes de echarse nuevamente al mundo. El suelo estaba fresco y mullido, con lo cual se regocijaba el de Nombela, cuando al acomodar sus doloridas posaderas una ráfaga de encadenados pensamientos atravesaron su mente. Pues vio que el árbol, lejos de frondoso y capaz de crear una umbría en torno suyo, era poco más que un palo, seco cual ojo de vieja tuerta y retorcido cual las intenciones de la misma. Y que en aquel secarral, por tanto, la humedad había de proceder tan sólo de las deyecciones de Eureka, que usaba, como todos los de su especie, de proyectarlas en torno a cuanta estaca se alzara sobre el suelo. Y que como ya se sabe que tras la soga va el caldero, no quería pues ni imaginar en qué consistía aquel mullido cojín en el que había tomado asiento, pero bien seguro era que no había de tratarse de verde y mullida hierba, sino de otra materia que habría de rimar con ella.

Y al tiempo que una fétida vaharada asaltaba sus narices -con bastante éxito, por cierto-, una estruendosa carcajada resonó en sus oídos. Tal era el retumbo de la risa que tuvo el de Talamona una primera intención de arrojarse al suelo y arrodillado bajo los cielos cual Moisés ante la zarza implorar a aquel Ser bienhumorado que se manifestara con mayor claridad. Pero cayó rápido en la cuenta que tal posición resultaría desairada y hasta ofensiva, pues la genuflexión tenía como inherente efecto secundario una destacada elevación de la zona de los glúteos, y que a la sazón esta se hallaba recubierta de una sustancia que difería mucho de ser el incienso que cualquier divinidad que se precie apetece. Amén de que bien pensado, la risa le iba ya retumbando algo menos, y en cuanto consiguió extraer de su oído interno la trompetilla que una mano tan sigilosa como mal intencionada le había colocado allí sin que él lo advirtiese se sintió incluso mejor. No lo sabía Don Crispín, pero el propio Jonás Paviento en persona era el responsable de tamaña afrenta. Levemente amodorrado por el cúmulo de circunstancias y lo mullido de los excrementos semi secos de Eureka, tras cuya pista correcta parecía hallarse, decidió que era buen momento para una nueva siesta.

martes, junio 29 > | Zemanski | Despertó por la mañana. Ignoraba nuestro caballero cuántas habían sido las horas de su sueño, mas se sentía aliviado y despejado como para reiniciar su marcha. Anduvo largo trecho el de Nombela sin dejar de seguir las huellas que Gerardo el Bardo le había mostrado. El rastro que guiaba sus pasos estaba compuesto por lo que parecían ser unas alpargatas castellanas mezcladas con pisadas de camello y de perro, mas al alcanzar un camino vio con disgusto que se entremezclaban con otras diversas, lo que acabó por desorientar a nuestro bravo caballero. Se hallaba parado en medio del camino, cerca de un cruce, cuando vio acercarse un pequeño carro a buen ritmo, tirado por dos portentosos corceles. Decidió pedir a su dueño que se detuviera, por ver si le podía acercar a la aldea más cercana, así que alzó sus brazos de manera ostensible y comenzó a moverlos frenéticamente. El dueño del carro le vio y comenzó a detenerse, pero Don Crispín no calculó bien las distancias. Uno de los poderosos corceles se lo llevó por delante aún con los brazos en alto, y le arrastró varios metros antes de detenerse por completo.

- ¿Se encuentra bien? - preguntó el dueño del carro.

Don Crispín se encontraba ligeramente indispuesto bajo los cascos del corcel que se lo había llevado por delante, pero asiéndose al animal e incorporándose un poco, con los ojos repletos de arena, logró murmurar:

- He tenido días mejores...

Don Crispín se agarró aún más al animal y logró incorporarse del todo. Cuando consiguió abrir lo suficiente sus ojos, se percató de que, en contra de lo que pensaba, no estaba abrazado a una de las patas del corcel, no exactamente al menos. Con una mueca de disgusto (no como la mueca del corcel), salió de debajo del animal y se presentó ante el gentilhombre que lo observaba con gesto sorprendido desde lo alto del carro.

- Mi nombre es Crispín, venerable carretero.

- Sí, algo de fresquín sí hace en enero. Mi nombre es Genaro Tapia. Hablad un poco alto, pues tengo ciertos problemas de oído. ¿En qué puedo serviros?

- Necesito que me llevéis a una población cercana.

- Ah, pues en verdad no veo a vuestra hermana.

Crispín suspiró, contariado.

- ¡He dicho que si me podéis llevar hasta una población cercana! - gritó.

- Ahhh... sí, por supuesto. Os llevaré encantado. Subid atrás.

Crispín arrastró su maltrecho cuerpo hasta la parte posterior del carro, donde vio una cuerda atada. Supuso que debía servirse de ella para subir, pero la perspectiva de enfrentarse a otro reto físico de tamañas proporciones no le apetecía mucho a aquellas alturas. Después de pensarlo un poco, se aferró con ambas manos a la cuerda y cogió impulso para subir, pero no era el momento más apropiado para ello. El conductor del carro no tuvo en cuenta las dudas de Don Crispín para subir al vehículo y supuso que ya debía de estar perfectamente acomodado en la parte trasera, así que azuzó a sus corceles con vehemencia para que reemprendieran la marcha. Don Crispín, que en aquel preciso instante se servía del impulso de sus riñones para subir al carro, se vio sorprendido por el repentino arranque y perdió el apoyo del pie que le mantenía unido a él. La primera consecuencia de todo esto fue el descenso violento de su maxilar superior totalmente abierto sobre la plataforma de madera del carro, a la que quedó clavado un efímero instante. La segunda, que el carro partió a toda velocidad y Don Crispín quedó unido a él sólo por la cuerda, con lo que se vio irremisiblemente arrastrado por ella a un trayecto escabroso.

viernes, agosto 27 > | Mostoman |

Finalmente había conseguido su propósito, aunque de forma accidental. Don Crispín se había mordido la lengua gracias al repentino arranque de la carreta. Con más madera que marfil en su boca sonreía satisfecho el de Nombela por su logro, mientras era arrastrado enganchado al carro por su pie izquierdo a través de los caminos castellanos, ricos en minerales de diversos tipos, básicamente piedras, chinas, rocas y demás nomenclaturas que se le iban clavando en la cabeza, la espalda y finalmente rozaban los pantalones al principio, y las nalgas después, de nuestro protagonista.

Después de darse por satisfecho tras su logro, se concentró de nuevo Don Crispín en su situación, no del todo cómoda, y se planteó la posibilidad de introducir algún tipo de cambio a mejor, a fin de llegar a la población más cercana con algo de ropa y, viendo el estado actual de cosas... con algo de piel sobre su cuerpo.

Tras pensar durante varios minutos resolvió que las cosas estaban bien como estaban, ya que cualquier cambio exigía un esfuerzo prácticamente inalcanzable con el nivel de energías de que nuestro hidalgo disponía a esas alturas de la jornada. Gritar a Genaro Tapia, conocido como El teniente de Orejilla del Sordete, resultaba más que inútil; remontar con ayuda de la cuerda y subirse al carro en marcha resultaba cansado, aunque si alguna mancha de heces caninas hubiese quedado que los pantalones de Crispín, de tal manera desaparecería, con lo que la limpieza en seco estaba asegurada, así que cabía incluso pensar que el balance del arrastre podía resultar positivo.

Pensaba el de Nombela en sus cosas cuando escuchó un cantar que procedía de los labios del gentil carretero. Deteniéndose Crispín en el análisis de letra y melodía del canto, dirigió su mirada al cielo y se orientó al tiempo hacia la Meca como buenamente pudo, para rogar a quien pudiese escucharle le diera la condición de Tapia durante el trayecto por lo menos, pues no quería sufrir también a través de uno de los pocos sentidos que aún podía producirle un pequeño atisbo de placer.

Tratando de evitar concentrarse en aquella tortura... en aquella nueva tortura, Don Crispín iba fijándose en todo aquello con que se cruzaba en su camino horizontal. Plantas, árboles, animalillos silvestres que depositaban en él sus residuos orgánicos con toda impunidad... llegó a estirar un brazo y alcanzar con cierta dificultad unos trozos de pan duro que no pudo degustar por faltarle bastantes piezas dentales.

En su camino se cruzaron con distintos usuarios de la vía que circulaban por el carril izquierdo (según lo mires). Una carreta en la que viajaban varias novicias camino de algún convento cercano se santiguaron indignadas al descubrir las desnudeces de Don Crispín, salvo una que sonrió con picardía.

- Buenos días, hermanas - saludó Don Crispín. - ¿Camino del convento? En cuanto pueda me acercaré a llevar unos huevos a Santa Clara en muestra de respeto y pleitesía...

- ¡¡¡Huevos!!! - exclamaron las monjas -. ¡Válgame Dios! - respondieron, santiguándose cada vez más rápido.

Hubo fortuna y, volviendo del mercado, un carro que trasportaba fruta y verdura perdió en un bache parte de su carga, encontrando el de Nombela una sandía con la que refrescarse y alguna hortaliza que llevarse a la boca. Estiró su brazo izquierdo para darles alcance cuando notó la presión de unas herraduras sobre su antebrazo... pertenecían al caballo del primer carromato del Circo Ambulante de Los Hermanos Grosso, cuya atracción principal, aparte de leones, tigres, elefantes y otras fieras de la selva, era poseer el primer y único número de trapecistas obesos del mundo. Diagnosticados de obesidad mórbida, los tres Hermanos Grosso y Ofelia, su gentil ayudante, ejercitaban en el aire una singular sucesión de piruetas, saltos mortales y equilibrios sin red. Habían cosechado un gran éxito en su tourné y, tras varios días llenando la plaza del último pueblo en el que habían estado, habían recogido todos sus bártulos y puesto en marcha su caravana de 50 carromatos, sin contar las jaulas de las fieras y la suite rodante de Louloú, la única enana de 300 kilos el mundo, conocida como "La Enana Gigante".

Al terminar el paso de la singular caravana, el brazo de Don Crispín se veía ligeramente desmejorado, pero nuestro hidalgo aún podía sonreír al notar que, de todos los posibles daños sufridos, su dedo meñique había resultado ileso, lo cual le podría dar todavía muchas satisfacciones. Como dijo algún sabio podrido de dinero seguramente: "No es feliz aquel hombre que tiene mucho, sino el que necesita poco".

18:27 | Mostoman |

Logo SS
Menú Secciones
Otras opciones
Puedes usar este E-MAIL para contactar con Zemanski y mandar tus relatos.
Colaboradores:
Mostoman