DE LAS DESVENTURAS DEL PROCELOSO HIDALGO DON CRISPÍN TALAMONA MUMAHL Y SUS CORRERÍAS EN POS DE DESFACER TUERTOS
Capítulo V: "Del amanecer de una nueva jornada".
Crispín, con los ojos inyectados en sangre, los párpados pesados como el plomo y las extremidades doloridas, trató de descansar a pesar de lo incómodo de su circunstancia y de la luz que entraba por la ventana abierta de par en par. Quizás aún quedaban unas breves horas antes de tener que levantarse y algo podría descansar. No habían pasado ni dos minutos cuando Eureka tomó posesión de parte del desvencijado catre, ante la incomodidad del de Nombela, pero nuestro héroe no se resignó. Doblando sus esqueléticas piernas y curvando su maltrecha espalda logró reducirse hasta ocupar el poco espacio que su compañero le había dejado. Con una sonrisa de satisfacción ante su logro, la perspectiva de unos instantes de reposo y el recuerdo de la hermosa Yamila, Crispín cerró los ojos y logró, por fin, disfrutar de un profundo sueño que le mantuvo dormido hasta que, diez minutos más tarde, con todo el estruendo que se puede lograr hacer con una olla de metal y un cazo, el posadero dio la última llamada para el desayuno, logrando acabar de una vez por todas con cualquier posibilidad de dormir hasta la noche siguiente.
La puerta del comedor se abrió, y la luz que entraba dibujó la silueta de un hombre encorvado, sin apenas fuerzas y que, apoyándose en la puerta, vaciló antes de entrar en la estancia. El posadero y Yamila Mores apenas podían diferenciar el rostro del visitante quien, con gran dificultad, avanzó tres pasos y logró cerrar la puerta tras de sí. La espera de un sonoro portazo se cambió en esta ocasión por un agudo y desgarrador chillido que procedía de las fauces de Eureka el huevón quien, siguiendo a aquella figura desvencijada, se había detenido bajo el marco de la puerta e, incapaz de reaccionar a tiempo, había quedado aplastado entre la puerta y el marco de la misma.
Aquella figura correspondía a la de El Grande de Nombela, quien había logrado bajar hasta el comedor en busca de algo que le devolviera las fuerzas no recuperadas por el reparador sueño del que no pudo disfrutar esa noche. El posadero, amablemente, le indicó la mesa que podía ocupar, mientras Yamila, con el labio inferior completamente amoratado y la sonrisa de quien hubiera dormido plácidamente, puso sobre la mesa un vaso y una jarra con agua caliente.
- Tiene usted mal aspecto esta mañana -apuntó el posadero-, ese acompañante suyo le ha debido dar una mala noche. No debería dejar que durmiera dentro de su habitación si quiere descansar. De buena gana le habría echado anoche de la posada de no ser por el respeto a su autoridad, noble hidalgo. Entre usted y yo, a quien le sirve a uno hay que saber tratarlo con mano dura. Terminan por saber quién manda y aprendiendo a conformarse con su circunstancia, y si no mire a Yamila. Duerme en un cuartucho, el peor de la fonda. Su cama es dura como una piedra y su habitación fría como el mismísimo hielo en invierno, y calurosa como el sótano del infierno en verano, y sin embargo, mírela. Con una sonrisa de oreja a oreja como si hubiera dormido en la mejor cama de la posada, a pesar de la herida del labio, que parece no importarle.
- Ya lo creo que parece haber dormido bien -ratificó Don Crispín-. Como si yo mismo la hubiera velado en sus sueños… metafóricamente hablando, claro está.
- En cambio usted, Don Crispín... sus ojeras darían para hacer bolsos y zapatos y aún sobraría piel para algún cinturón que otro. Sus piernas flaquean al andar y sus manos apenas tienen fuerzas para sostener un vaso, mientras que su perro parece lleno de fuerza, y eso que usted mismo ha visto que le he reservado una de las mejores habitaciones de que dispongo...
- En cuanto a eso -interrumpió Don Crispín-, he de decirle que he sufrido un pequeño percance con tan cómodo lecho, y sus pilares no han podido soportar mi peso, quebrándose y dando con mis huesos en el suelo…
- Tanto mejor! -contestó el posadero-, los médicos y hombres de ciencia recomiendan reposar sobre una superficie dura para bien de la espalda, sus huesos y demás órganos que sería largo mencionar ahora. No tiene más que ver a Yamila, quien duerme cada noche sobre piedras y, amen de una figura digna de exhibición, se levanta cada mañana con una sonrisa y no le falta salud.
- Ya, ya… piedras… bueno, ¿viene ese desayuno, o no viene? -concluyó Don Crispín, antes de envenenarse mordiéndose la lengua con tal de no mencionar el incidente de la noche anterior.
- Viene, viene… ¡Niña! El desayuno del señor -ordenó el posadero que, a estas alturas del escrito, he olvidado cómo se llamaba y no voy a mirar en este momento por pura pereza.
Yamila llevó a la mesa de Crispín una bandeja con pan tostado, muy tostado, tostadísimo… digamos pan carbonizado, una jarra de miel y un recipiente lleno de manteca para untar. Tras verter algo de agua caliente y de cierto tono rojizo en el vaso miró al de Nombela, guiñó un ojo, le ordenó silencio dirigiendo su dedo índice a la boca y le deseó buen provecho.
- Si me permite -interrumpió el posadero desde la mesa junto a la ventana-, voy a desayunar yo también, que todavía no he tenido tiempo, y es que un buen baño caliente lleva su tiempo. Por cierto, si desea asearse tras el desayuno puede coger cuanta agua desee del pozo situado en el patio.
Mientras Crispín untaba grasa sobre el pan quemado y bebía aquel líquido rojizo más parecido a agua sucia que a cualquier otra cosa, el posadero cortaba tacos de queso que comía con jamón y un pan tierno que aún echaba humo de haber salido del horno recientemente.
- ¡Posadero! -gritó el hidalgo tras intentar tragar parte de su desayuno-. No se sacrifique usted por su clientela con esos productos tan vulgares. Compartiré gustoso mi desayuno con usted si lo desea, y si quiere pasaré por el amargo trago de probar eso que usted come. No han de existir diferencias de clase entre hidalgos y posaderos.
- Muchas gracias, es usted realmente generoso, pero un cliente ha de merecer siempre artículos de una calidad claramente diferenciada, y es la norma por la que me he regido siempre en mi negocio, reportándome múltiples satisfacciones.
Don Crispín continuó tragando sus tostadas carbonizadas, tratando de suavizarlas con la manteca y la miel sin mucho éxito, mientras no quitaba ojo de las viandas que devoraba el posadero con avidez.
- Disculpe -interrumpió el de Nombela-, ¿un vaso de agua fresca podría ser?
- Por supuesto, cómo no… ya sabe donde está el pozo -contestó el posadero.
De vuelta en su mesa, con la dura madera del taburete clavándose en sus huesos, no pudo evitar dirigir nuevamente la mirada al sillón donde el posadero reposaba sus posaderas.
- Discúlpeme una vez más - volvió a interrumpir el de Nombela-, es costumbre allá de donde yo vengo que cuando un hidalgo visita una fonda y el trato recibido es excepcional, comparta mesa con quien le ha procurado techo y alimento a modo de agradecimiento por los servicios prestados.
Me doy por agradecido, noble hidalgo -contestó el posadero esquivando nuevamente el intento de Crispín de hacerse con su desayuno-, es un gesto que le honra el hacerme partícipe del folklore y las tradiciones de su tierra natal, pero mi humildad no me permite ser merecedor de tal privilegio, es la tradición en el gremio de hostelería.
Dándose por vencido, y resignándose a su desayuno de Hidalgo, se acomodó en el taburete una vez más y dio otro mordisco a la tostada.
- Y… si no fuera mucha molestia -volvió a intentar el de Nombela-, en atención a mi origen musulmán, si fuera posible que me procurase unos cojines sobre los que sentarme como han hecho mis ancestros durante años…
- Pues… mucho me temo que no va a poder ser -contestó el posadero-. Cojines no tengo, y las almohadas son las de las camas de las habitaciones, que están para lavar.
Dicho esto, el posadero dio por concluido su desayuno, arrojando a Eureka, que bebía leche de un cuenco, unos trozos de chorizo y pan que él no había podido comerse.
Viendo esto, Don Crispín, en un acto de hidalguía jamás antes visto en tierras de moros o cristianos, saltó sobre su mesa impulsándose en el taburete y se abalanzó sobre Eureka, a quien apartó de un manotazo para comer el chorizo y el pan, y beber la leche fresca. Levantó la mirada hacia el posadero y, con la boca llena y un blanco cerco de leche a su alrededor aclaró:
- Allá de donde yo vengo es costumbre que los hidalgos y sus mascotas compartan el desayuno… de sus mascotas, cuando el señor así lo considere."
sábado, abril 24 > | Zemanski |
No más de media hora después de su aciago desayuno partió de nuevo nuestro hidalgo en pos de nuevas aventuras, a lomos de un descansado Mustafá y acompañado con gracia y desenfado por el trote resuelto de su compañero Eureka. Don Crispín tenía aún el estómago encogido y serias dudas acerca de la utilidad de su misión, pero según avanzaba la mañana fue recobrando la presencia de ánimo y la resolución de consagrarse como precursor del estornudo con los ojos abiertos.
Después de varias horas de camino, cuando el sol alcanzaba su punto más alto y los primeros hilillos de sudor inundaban ya la funda de sus muelas alcanzó una hondonada en el terreno de aquella maldita e inhóspita meseta de mierda. Un descenso en el recorrido y la presencia de cierta vegetación le devolvieron la esperanza de poder reposar los huesos. Sus labios resecos intentaron dibujar una sonrisa, pero se quebraron por varios sitios a la vez y comenzaron a sangrar. Don Crispín juró en arameo, balcánico y extremeño por ello, pero nada consiguió afligirle ante la perspectiva de un reposo en lugar fresco.
Al final de la hondonada se topó con un riachuelo y una superficie arbolada digna de elogio. Agradeciendo al cielo aquella bendición, y con una amplia sonrisa sanguinolenta en los labios, decidió apearse del caballo, pero la mente fue más presurosa que el cuerpo. Su pie quedó torpemente enganchado en uno de los estribos y perdió el equilibrio para dar de bruces con sus incisivos superiores sobre una roca de la orilla del riachuelo. El resto del cuerpo se desplomó inmediatamente detrás.
En un impresionante despliegue de facultades físicas, dadas las circunstancias, el de Nombela se puso en pie de un brinco, con agilidad felina y los ojos bañados en lágrimas. Se apretaba la mandíbula con terrible ansia y dolor, más no estaba dispuesto a que nada quebrara la belleza de su hallazgo. A pesar de ello, volvió a jurar en varios idiomas, algunos incluso inventados para la ocasión, y perdió parte de su buen humor, mas no cejó en su empeño de disfrutar de aquel retiro maravilloso en medio de la nada.
Se acercó al río para lavarse un poco y revisar sus heridas. Al inclinarse sobre la orilla notó fragmentos de un extraño material en su boca, y comprendió que había perdido parte de su dentadura superior. Esta vez no dudó en cagarse directamente en las muelas de Alá, aprovechando las circunstancias. Ya era la segunda vez que sus dientes se veían afectados a lo largo de aquella aventura, y empezaba a hartarse de tal circunstancia. Escupió los restos de su dentadura y observó en el reflejo que le devolvían las aguas el perfecto arco que el incidente había labrado en sus incisivos superiores. Años después sería inaugurado en Nombela un puente en su memoria por este motivo, el Arco de Nombela, mas él no vivió para disfrutar de tan magno acontecimiento.
Una vez refrescado y medianamente acicalado, Don Crispín se recostó sobre la hierba y rápidamente se abandonó a la bendición del sueño. Despertó diecisiete horas después, completamente relajado, aunque aún dolorido por las múltiples contusiones que adornaban su maltrecho cuerpo de hidalgo. Miró a su alrededor y descubrió rápidamente que algo fallaba. No vio a Eureka ni a Mustafá. Enseguida sospecho que quizá Jonás Paviento, también conocido como Jonás Altador del Camino, el robador de propósitos, podía andar cerca.