DE LAS DESVENTURAS DEL PROCELOSO HIDALGO DON CRISPÍN TALAMONA MUMAHL Y SUS CORRERÍAS EN POS DE DESFACER TUERTOS
Capítulo IV: "De las aventuras nocturnas en la venta de Damián Sirvega Rafón".
viernes, 30 de mayo > | Mostoman | Sin gran destreza a la hora de localizar la habitación reservada para pasar la noche, Crispín tropezó en cada obstáculo que logró encontrar en su camino, llegando a dar un rodeo en busca de más obstáculos a fin, quizás, de llegar más magullado si es posible al lecho. Inicialmente insinuante, y mostrando como accidentalmente su hombro y su rodilla, aunque ya medio dormida, despeinada y aburrida de la espera, aguardaba Yamila a la puerta de la alcoba de Crispín.
Al oír el penúltimo traspiés del de Nombela contra la barandilla de la escalera, tras el cual decidió volver a bajar inesperadamente de nuevo, tratando quizás de perfeccionar su técnica de descenso rodado de escalones, Yamila despertó, descolocó de nuevo sus ropas, colocó sus cabellos y prosiguió la espera, ensayando miradas y frases a fin de cautivar al caballero con sus encantos y aceptar el requerimiento de sus favores.
Tras un nuevo intento, finalmente alcanzó el de Nombela su objetivo: llegar a su habitación más salvo que sano.
- Bonita estancia -comentó a la moruna Mores mientras abría la puerta. Y hermosa noche la que acontece.
- Reflectivamente, así es. Mañana he de partir a primera hora del medio día y necesito descansar para mantenerme pleno de energías. Y usted, ¿no se retira? Seguro que el posadero la esclaviza de mala manera, haciéndola despertar temprano. Un cuerpo tan hermoso como el suyo necesita descanso para mantenerse tan joven y lozano. Si me permite usted la observación, seguro que tiene a sus espaldas muchas horas de cama a juzgar por lo delicado de su piel y lo turgente de sus pechos…
- No lo sabe usted bien, ratificó la belleza moruna con cierto tono de hartura mientras trataba de seguir haciendo guiños a Crispín y dejaba ver cada vez más de su pierna.
- Pues nada, nada, a la cama se ha dicho, ¿eh? Y tápese, no me vaya a coger frío -sentenció Crispín.
- Está bien... que descanse usted, caballero, y si necesita o se le ofrece cualquier cosa en cualquier momento de la noche no dude en acudir a mí. Mi habitación está al fondo del pasillo y la puerta está siempre abierta a quien necesite de mí para lo que sea -insistió Yamila en un último esfuerzo por captar la atención de Crispín, mientras seguía pestañeando con vientos de componente sur y su pierna se mostraba ya en todo su esplendor, desde el talón hasta el hombro.
Eureka se acomodó junto a la cama del de Nombela mientras Mustafá hacía lo propio en el patio de la venta. Crispín se despojó de su magullada armadura, que depositó en una silla junto a la cama, cubrió sus huesos con un amplio camisón y sopló el candil que iluminaba la estancia… Tras varios intentos terminó escupiendo sobre la llama, que no terminaba de apagarse, dejando por fin un fino hilillo de humo.
La cama apenas consistía en una frágil estructura de madera sobre la que había un colchón relleno de hoja seca de pino (contenido fácil de adivinar, pues los pinchos de la pinoja atravesaban la tela del colchón). Unos sacos abiertos y cosidos entre sí hacían las veces de sábanas y la almohada se había improvisado con una pequeña bolsa rellena de arena.
- En peores catres hemos dormido -sentenció el grande de Nombela, y se metió bajo las sábanas a descansar sus maltrechos huesos.
La luz de la luna castellana en toda su plenitud iluminaba la estancia de una forma casi mágica mientras el murmullo del aire en las copas de los árboles parecían arrullar a nuestro hidalgo susurrando su nombre.
- Don Crispín, Don Crispín -parecían decir aquellos vientos mientras este esbozaba una sonrisa de satisfacción, que dejaba caer la baba de su boca sobre la almohada.
Apenas media hora más tarde el contenido de la almohada era ya un barrizal que manchaba el rostro de Crispín, quien seguía sonriendo como un bobo. La voz seguía susurrando aquel nombre hasta que pareció como si tratase de despertarlo, e insistió con algo más de fuerza:
- ¡Don Crispín, COÑO!
El de Nombela frunció el ceño, secó su boca con la mano y siguió durmiendo, hasta que un repentino remojón en su rostro le despertó. Crispín se levantó de la cama y se dirigió hacia la ventana dispuesto a cerrarla en caso de que hubiera tormenta, cuando descubrió que no estaba solo… A los sonoros ronquidos de Eureka el Marmota se unía una respiración diferente. Crispín miró hacia la puerta y descubrió la sensual figura de Yamila Mores, que le hacía gestos de silencio mientras cerraba la puerta y dejaba el orinal de nuevo bajo la cama.
Con gesto burlón y pensando en su buena suerte se dirigió Crispín a la joven con aviesas y traviesas intenciones mientras se trataba de despojar de su camisón, enredado en sus delgadas piernas, como consecuencia de lo cual logró tropezar varias veces en el escaso trayecto de dos metros que le separaban de su visita inesperada, cayendo finalmente de bruces pristin frente a ella, al tiempo que sus nalgas quedaban al aire. Levantándose de nuevo, logrando incluso esquivar a Eureka el Lirón, se acercó a Yamila, mostrándole su rostro oscurecido por el barro, y apoyando su mano derecha en la pared sobre la que se apoyaba la joven, Crispín levantó las cejas diciendo:
- ¿Qué se le ofrece a tales horas?
Yamila no respondió al intento de galanteo de Crispín. Al contrario, se apartó de él pasando por debajo de su brazo y le contestó:
- Vengo a hacerle un favor, escúcheme atentamente.
- Y para qué tanto hablar -interrumpió Crispín dirigiéndose de nuevo a ella-. Se me ocurren varias formas de que me hagas un favor sin necesidad de hablar…
- No, no me entiende -se defendió Yamila, mientras de un salto se situaba en el otro lado de la estancia. -Está usted en un grave peligro…
- Y no me salvaré si no es con usted, lo sé, lo sé…Vi cómo me miraba durante la cena y antes de irme a dormir. Me pasa de siempre... los Talamona es lo que tenemos…
sábado, agosto 30 > | Zemanski |
- Amos a ver... -suspiró Yamila, comenzando a impacientarse-. Siéntese y escúcheme, haga el favor. Y deje de moverse ya, que después del último traspiés se ha quedado usted... en evidencia.
Don Crispín se percató del significado de aquella aseveración tras comprobar que su andrajoso camisón había quedado prendido del picaporte y se hallaba en aquel momento completamente... en evidencia delante de aquella dama.
Abrumado por las circunstancias, decidió reaccionar con premura lanzándose hacia su derecha, allí donde sería cubierto a los ojos de Yamila por el lecho que les separaba. Mas no contó con la presencia de una modesta mesilla de noche de coqueto roble reforzado que recibió con estruendo el aterrizaje de sus palatales superiores a la par que un cruel alarido inhumano. El estrépito fue considerable. Eureka despertó sorprendido y miró alrededor asustado.
Don Crispín emergió de entre los sacos que hacían las veces de sábanas, con una inteligente sonrisa de circunstancias y sin un premolar. Se cubrió púdicamente mientras dos lágrimas se concentraban en su mentón e intentaba contener cualquier expresión de derrota.
- Ciscubpe usté. Do be había bercatado de da situación... -enunció vivamente, mientras cientos de hematíes salpicaban el colchón.
Una vez recuperada la compostura, le preguntó a Yamila Mores por el significado de sus advertencias. Eureka, impresionado por las nuevas nuevas, giró sobre sí mismo, bostezó vehementemente y volvió a echarse, dispuesto a conciliar el sueño a de inmediato.
- Le digo que se encuentra usted en peligro, aunque no sea consciente de ello. Debe abandonar la aldea mañana por la mañana.
- ¿Y eso bod qué?
- Porque alguien está enterado de sus pretensiones.
- ¿Ge bretensiones?
- Las de conseguir estornudar con los ojos abiertos.
- Uys, ¿y gómo se ha enderado usted de eso?
- Básicamente porque he bajado a ver a ese extraño caballo que tiene atado en la puerta y... bueno, lo tiene tatuado en una de sus jorobas.
- ¿Y bor qué ha bajado usted a ver a bi caballo?
- Bueno... me sentía sola.
Crispín alzó una ceja, sorprendido. La otra la había perdido en la embestida contra la mesilla, pero el significado del gesto fue igualmente inequívoco.
- Impresionante -dijo.
- La verdad es que sí -confirmó Yamila-. Lo juro por los doce apóstoles.
- Pardiez...
- Ciento veinte -apuntó orgullosa Yamila.
Don Crispín echó mano de sus falanges y comprobó la corrección del dato, mas no cejó en su empeño de sonsacar a la dama.
- ¿Y a quién le podrían interesar mis elevadas intenciones?
- A Jonás Paviento, también conocido como Jonás Altador del Camino, un reputado ladrón de propósitos elevados que ronda estas latitudes en busca de víctimas.
- Cielo santo... tendré que andar con cuidado.
viernes, septiembre 12 > | Mostoman |
- Hay que huir de aquí, y usted me va a ayudar - sentenció Yamila.
- Pero, ¿no soy yo quien está en peligro? ¿No será usted quien habría de ayudarme a mí?
- Bueno - aclaró Yamila -. En realidad lo que podemos es ayudarnos mutuamente de modo que ambos salgamos beneficiados…
Aquella propuesta hizo reanimar en Don Crispín las intenciones que tenía cuando se quedó… en evidencia. Mostrábase de nuevo visiblemente en una evidente evidencia emergente, ante lo cual hubo de esconderse tras la cama, mientras Yamila se mordía el labio inferior y empezaba a preguntarse si no podría posponerse la huída un momento a fin de afianzar, por una vez sin fianza, la amistad con el caballero.
Unas voces en el patio de la hacienda interrumpieron momentáneamente la escena. Yamila, agazapada a un lado del mugriento catre y agarrando con rabia uno de los sacos, se dirigió a Crispín:
- Yo iré a ver qué sucede, usted no se mueva de donde y COMO está.
Yamila se agachó, entreabrió la puerta de la habitación de Crispín, se asomó y, viendo el pasillo libre, salió y se acercó a la barandilla para ver qué sucedía.
- ¿Qué son esos ruidos? - preguntó el posadero a gritos - ¿Quién da golpes a estas horas?
- Debe ser ese chucho que acompaña al moromierda este - pensó convencido el posadero para sus afueras -. Si le pillo por banda, maldito saco de huesos… - se retiró amenazando.
Parecía que Yamila había logrado despistar al dueño de la hacienda con sus ladridos, de modo que podía volver a reanudar la conversación con Don Crispín donde y COMO la había dejado. En el momento en que se disponía a darse a vuelta notó cierta presión sobre su espalda al tiempo que algo humedecía su cuello.
- ¡Hummm...! Don Crispín, le dije que me esperase sin moverse… ¿No ha podido esperarse, ¿eh? Es usted un desobediente, niño malo…
Los jadeos junto a la oreja de Yamila empezaron a acelerarse.
- Don Crispín... no cree que deberíamos continuar esta conversación en un lugar más privado? Podría vernos alguien… Por cierto, ¿eso es su espada o es que se alegra de verme?
En ese momento, Yamila se giró y descubrió que no era el de Nombela, sino Eureka, el Precoz, quien atraído por los ladridos de la sensual mora, se había dejado llevar por sus instintos caninos, mientras al fondo de la estancia, agazapado tras la cama, D. Crispín esperaba envidioso, tratando con mucha dificultad de guardar la compostura.
Yamila se quitó de encima a Eureka el Volador de un manotazo que le hizo ir a parar a la fuente que había en el centro del patio de la posada, donde su libido quedó reducida a la mínima expresión. El ventero se asomó nuevamente. Al ver al can en la fuente le amenazó con un palo y le hizo un gesto para que se silenciase, tras lo cual se retiró maldiciendo.
Yamila se incorporó, miró al patio para asegurarse de que no había peligro… y mordiéndose el labio inferior al ver a Eureka, el Adonis de Castilla, volvió la cabeza hacia D. Crispín. Avanzó hacia él caminando lentamente y moviendo sus caderas de un lado a otro. Alcanzando el lecho finalmente, y con los ojos en blanco, se dirigió al de Nombela, que esperaba cualquier solicitud para satisfacerla. Entonces Yamila, con voz grave y temblorosa dijo:
- ¿Tiene un pañuelo? Me he mordido el labio y he perdido mucha sangre.
Acto seguido se desplomó sobre la cama inconsciente. Para aquel entonces, Don Crispín ya había hecho uso del pañuelo, y doblándolo del otro lado trató de detener la hemorragia del labio inferior de la señorita Mores.
A la mañana siguiente, acariciada por la brisa y los primeros rayos de sol, Yamila se levantó sonriente. Miró a Don Crispín y le besó en la mejilla diciéndole:
- La verdad es que no recuerdo nada de lo de anoche, pero debió de ser fantástico. Ahora he de volver a mi habitación antes de que el posadero me descubra. Hasta luego…
Tras esto se retiró, cerrando la puerta a su espalda y lanzando un beso a Eureka, el Lirón, que dormía plácidamente de nuevo junto a la puerta.
El de Nombela, con los ojos como platos, sus extremidades superiores e inferiores tensas y su mandíbula cerrada con fuerza, yacía estirado sobre la cama, que al golpe de la puerta se destartaló dejándole, además, tendido en el suelo.