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martes, mayo 20  

JineteDE LAS DESVENTURAS DEL PROCELOSO HIDALGO DON CRISPÍN TALAMONA MUMAHL Y SUS CORRERÍAS EN POS DE DESFACER TUERTOS

Capítulo III: "De la llegada de Don Crispín a la venta de Damián Sirvega Rafón".

martes, mayo 20 > | Zemanski | Pasaron varias jornadas antes de que nuestro valeroso caballero andante oteara en el horizonte la presencia de una aldea habitada, posiblemente por su falta de pericia en el uso de las artes de orientación, tanto diurnas como nocturnas. Muchas habían sido las circunferencias y rutas nuevas improvisadas por Don Crispín en su acercamiento a la aldea, nunca más allá de un radio de quinientos metros, mas tardó otras tres jornadas en alcanzar las puertas de la muralla exterior, y aún día y medio más en encontrar la maldita puerta.

Al final lo logró. Sobre la entrada pudo leer algo así como Tendido 5, pero no le dio mucha importancia. Sólo se la dio después de acceder al interior y percatarse de que aquello no era la cuidad en sí, sino su plaza de toros. Echó un vistazo y sólo halló a un paisano apoyado en el burladero, y a fe que le dio el uso oportuno a su ubicación levantando su dedo corazón en dirección a él. Parecía poco entusiasmado con la visita de Don Crispín, así que dejó a aquel trafullero malandrín mascando su palillo y, visiblemente airado, abandonó la instalación para partir de nuevo en busca de la ciudad en la que pretendía hacer noche.

En sólo tres horas, cuando caía ya la tarde y pudo orientarse por las primeras luces de las casas, logró Don Crispín llegar al fin a la aldea, de nombre Villar de los Onanos. Una voz detuvo su avance desde el puesto de guardia de la entrada.

- ¿Ande vas? - dijo la voz, poderosa.

- ¿Andeviair? - respondió Don Crispín con gallardía.

Se produjo un silencio.

- Bueno, pero no se admiten perros - dijo al fin la voz.

- No, si es un lamelibranquio cefalópodo.

- Ah, en ese caso pasad en paz, y que la noche no os confunda.

- A buenas horas - farfulló Don Crispín.

Entró nuestro héroe en la aldea y lo primero que hizo fue preguntar por una venta en la que descansar sus doloridos huesos. Un amable sordomudo le comentó que la mejor de la aldea era sin duda la de Damián Sirvega Rafón, así que hacia ella encaminó decidido sus pasos. Eureka y Mustafá le acompañaron con heroica resignación.

jueves, mayo 22 > | Mostoman | Siguiendo las indicaciones del sordomudo, y adivinando por sus palabras que lo mejor era hacer caso del gesto con el que su dedo índice apuntó hacia un cuchitril, llegó D. Crispín al local indicado, sobre cuya puerta, y bajo el nombre del dueño, rezaba un cartel los siguientes salmos: "VENTA BEBER Y VENTA DORMIR", indicando pues que el establecimiento ofrecía cama y comida, y quién sabe si algo más, a juzgar por el nombre de mujer que figuraba debajo en letra pequeña: Yamila Mores. Parecía el lugar idóneo donde pasar la noche. Además, la posibilidad de entablar amistad con una belleza árabe como la que en tiempos cautivó a su progenitor, despertó en Crispín un enérgico impulso sólo comparable al de la última comida caliente de la que ya hacía varias jornadas que disfrutó.

Amarrando a Mustafá en el exterior de la Venta y arreglándose las harapientas ropas para causar la mejor impresión posible, abrió la puerta del local y dirigió sus pasos hacia una mesa. Una voz seca y ronca salió de entre las sombras diciendo:

- Lo siento, pero no se admiten perros.

- No, si es un lamelibranquio cefalópodo - contestó D. Crispín.

- Ah, en ese caso pasad. Escoja la mesa que desee y en seguida le sirvo vino.

Eureka el audaz ladró entonces sonoramente.

- Y una de percebes para mi lamelibranquio cefalópodo - añadió Don Crispín.

Y Mustafá relinchó desde el exterior.

- Mejor que sean dos, concluyó el de Nombela.

El posadero, Don Damián, secando un tosco vaso con un trapo de dudoso color, salió de entre las sombras con un delantal, tratando de tapar su perímetro a la altura de la cintura y con una tiza apoyada en su oreja derecha que, por otra parte, era la única que conservaba, pues dicen que perdió la otra en las cruzadas, en concreto en un burdel de la ciudad de Al-Cachof, cuando trataba de irse sin pagar, y le fue propinada una ejemplar paliza, incluyendo la amputación del apéndice auditivo de un mordisco.

- ¿Comida o cama? - Preguntó el ventero, que casualmente era natural de Forlasa y alérgico al queso al mismo tiempo.

- De momento comida y vino, y luego atenderé a proposiciones variadas - contestó Crispín, guiñando un ojo a Damián.

Inmediatamente Damián chasqueó los dedos, y al grito de "¡Niñaaaaa!" hizo salir a una joven de ascendencia arábiga de un cuartucho situado al fondo de la fonda.

- Atiende al caballero, anda, ponle mesa y vino - ordenó a la joven.

- ¿Qué vino le sirvo, señor? - preguntó la joven.

- Del bueno, por supuesto - contestó Damian, con una expresiva expresión en sus cejas y abriendo mucho los ojos.

Dirigiéndose a Crispín, Damián añadió en voz baja:

- Esta mano de obra extranjera, ya sabe usted cómo funciona, pero la dichosa ley de inmigración nos afecta a todos y, además, la subvención es la subvención, ¿no cree?

- Claro, claro - contestó Crispín -. ¿Y ese vinito? ¿Llega o no llega?

No tardó mucho en volver la joven moruna con un vaso, una jarra de barro y dos fuentes llenas de percebes, una de las cuales puso junto a Eureka, quien empezó a intentar su ingesta, sin resultados demasiado satisfactorios.

Viendo esto, se acercó Damián, y mirando al can opinó:

- Algo torpe para ser un lamelibranquio cefalópodo, ¿no cree?

- Es que no es de aquí, entiéndalo - explicó Crispín -. Esta fauna extranjera, ya sabe usted cómo funciona, pero la dichosa ley de inmigración nos afecta a todos y, además, la subvención es la subvención, y las mascotas de fuera tienen más faclidades.

El ventero asintió convencido y volvió a su oscuro rincón, anotando sobre la repisa la consumición mediante garabatos ilegibles con la oreja (ya que estaba manchada de tiza había que sacarle partido). Yamila llenó el vaso de vino, y ante la mirada de Crispín llevó la otra fuente de percebes a Mustafá, quien encontró las mismas dificultades que Eureka a la hora de realizar la ingesta. Damián se asomó por la ventana de la venta, la del fondo de la fonda y opinó:

- Algo jorobado para ser un caballo, ¿no cree? Y realmente torpe a la hora de comer percebes.

- Bueno, ya sabe, también es de inmigración. Los compré en un mercado árabe a los dos, y el percebe por allí no es fácil de encontrar, pero les gusta, ya lo creo - explicó Crispín -. ¿Y esa comida? ¿Llega o no llega?

- Llega, llega, no se apure.

Entre tanto seguía el de Nombela llenando y vaciando vasos de vino en el sentido de la jarra al pescuezo, y no al contrario todavía. Tras una jarra iba llegando otra, y Crispín empezaba ya a sentir cierto mareo producido en parte por el hambre y en mayor parte por la falta de sed. Por fin llegó Yamila a la mesa del huésped con un plato en el que se adivinaba un revuelto de huevos a medio chamuscar, un engrudo de harina medio horneado y una hoja de lechuga que estaba siendo devorada por una cucaracha dispuesta a atacar al resto del contenido del plato si el destinatario oficial no era lo suficientemente rápido. Frotó Crispín su vientre con sus manos, y con babas en la boca y los ojos como platos, cogió una cuchara de palo; golpeando a la cucaracha con fuerza decidió iniciar su manjar degustando el inesperado complemento proteico relleno de lechuga (un auténtico delicatessen). Mientras el resto de asistentes al festín apartaban su mirada al crujir de la costra chamuscada de la cucaracha, Crispín disfrutaba de cada bocado que llevaba a su boca. Superada la curiosidad, y sin el más mínimo rastro de envidia en sus ojos, Eureka y Mustafá volvieron a sus percebes a pesar de la dificultad de hacerse con ellos.

Finalizada la cena, y con satisfacción en sus ojos, o quizás el efecto del vino, Crispín hizo acudir a Damián a su mesa con una señal hecha con el dedo y, cogiéndole del hombro, acercó sus labios a lo que en condiciones normales sería su oreja izquierda y balbuceó:

- ¿Qué tal ahora un postrecito, jefe?

- Me temo que ya nos nos quedan más langostas negras, señor - respondió el posadero -, pero si quiere tomar algo de postre, en seguida se lo traigo.

Apenas tuvo que mezclar un vaso de leche, unas gotas de vino, azúcar y algo de canela, calentarlo, removerlo y echarlo sobre un recipiente lleno de migas de pan duro para hacer feliz a nuestro aventurero caballero también en terrenos culinarios. Con el buche lleno pensó Crispín que era buen momento para probar el lecho y cerrar de forma satisfactoria la jornada. Se puso en pie y miró a su alrededor exclamando:

- ¡Qué pasada de posada! Si me dice dónde puedo acostarme me dirigiré ahí sin hacer el menor ruido.

- Cómo no, caballero - afirmó Damián, secando un tosco vaso con un trapo de dudoso color.

- ¡¡¡Niñaaaaaaaaaa!!! Acompaña al señor a su habitación y prepara todo para que esté como en su casa ...o mejor que en casa - ordenó a Yamila -, y luego recoge los percebes que han quedado y ponlos en la fuente a refrescar.

Dirigiéndose de nuevo a Crispín, añadió:

- Lo lamento, pero no se pueden meter lamelibranquios cefalópodos en las habitaciones, normas de la casa.

- No - explicó Crispín -, si en realidad es un perro, pero le gusta creer que es un lamelibranquio cefalópodo, y por no llevarle la contraria... ya sabe, con los extranjeros mejor no discutir.

- Claro, claro. Pues nada, a descansar, ¿eh? - concluyó Damián con cierto guiño de complicidad.

17:08 | Zemanski |

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