DE LAS DESVENTURAS DEL PROCELOSO HIDALGO DON CRISPÍN TALAMONA MUMAHL Y SUS CORRERÍAS EN POS DE DESFACER TUERTOS
Capítulo II: "De las primeras desventuras de nuestro ingeniero hidalgo y su hallazgo de un compañero".
lunes, 3 de marzo > | Mostoman | Cabalgaba tranquilo "el Grande de Nombela" o "el Ingeniero Hidalgo Talamona" como le gustaba a D. Crispín que se refiriesen a él.
Durante bastante tiempo había estado estudiando el nombre con el que quería que se refiriesen a él quienes contasen en las plazas de los pueblos sus correrías y, tras mucho discernir, había llegado a estos dos candidatos finales: el primer candidato, para cuya elección habrían las doncellas de escribirle pergaminos con el número 1573 seguido de la palabra Nombela, lo eligió, no en base a su estatura, más bien corta incluso para aquellos tiempos, sino en honor a la tierra que le vio crecer y en cuya única calle luchó por ser alguien; el segundo nombre, para cuya elección se enviará un pergamino con el número 1573 seguido de la palabra Ingeniero, era la forma de poder demostrar los estudios llevados a cabo, aunque el título no fuera homologado, sino más el fruto de la lectura de Don Crispín de los volúmenes que encontró sobre "Ingeniería Hidálguica" y similares, entre los que nunca entendió por qué había un grueso volumen sobre "cálculos de matemática hidráulica 3 avanzada", que le costó llegar a comprender completamente y aplicar a la caballería andante. Quizás la razón estaba en aquel viejo bibliotecario sordo que le facilitó los libros y que puso cara de extrañeza al escuchar los títulos que Don Crispín le iba solicitando.
De cualquier modo, con los conocimientos adquiridos y una copia de su proyecto de fin de estudios en la alforja, con el título de: "La Caballería Andante o el flujo de líquidos en tierras invadidas por moros en condiciones extremas de presión y temperatura", Crispín estaba dispuesto a hacer historia sin dejar un solo detalle al azar. Tenía un objetivo: desfacer tuertos e incluso entuertos (siempre le gustó esa expresión, aunque no sabía qué era exactamente un entuerto y, por tanto, ignoraba si sería capaz de reconocerlo cuando lo tuviera frente a sus narices).
Tenía un valeroso rocín de raza árabe, al que los que pretendían desprestigiarle llamaban camello, y los que se lo vendieron lo llamaban "Mustafá el cobarde" pero que, a pesar de ese curioso balanceo constante, le llevaría directo a la gloria. Tenía su armadura, heredada de los tiempos en que su padre fue a luchar a Cádiz, es decir, en perfecto estado debido al desuso, si no fuera por los años que pasó en la casa de empeños para saldar las constantes deudas en que los Talamona incurrían constantemente.
En el pecho de la armadura lucía orgulloso el escudo de los Talamona, que representaba las figuras de un homínido, una doncella con traje de seda danzando insinuante, un pequeño saco vacío y un plátano. La casa de los Talamona, representada por el homínido o mona tití, venía de una orgullosa estirpe que había tomado parte en todos los grandes enfrentamientos bélicos de la Reconquista. Desgraciadamente, y por error, siempre del lado contrario al Rey castellano. Afortunadamente, la destreza en el uso de las armas de esta singular familia, ayudó a la victoria de Castilla y la conquista a los moros de las tierras disputadas, por lo cual, el Rey Fulgencio Octavo, el cachondo, decidió reconocer la destacada labor desarrollada por los Talamona en la Reconquista de Nombela y les otorgó el escudo real donde, como premio a la ayuda prestada, involuntariamente, a la corona, se representaba a una mona y un racimo de plátanos, simbolizando que los Talamona jamás pasarían hambre. El pequeño saco vacío era el castigo del Rey por haber luchado en el bando contrario, ya que, aun habiendo favorecido al Rey, lo hizo desde el lado equivocado, por lo cual su lucha y sus logros nunca fueron retribuidos. Por último, de la doncella danzando insinuante se dice que se añadió al juntarse los Talamona de Nombela con los Mubuena, familia a la que pertenecía la cortesana María Celesta Mubuena, abuela paterna de Don Crispín. Hay también quien sostiene que la doncella bailando insinuante y con traje de seda en realidad se puso de modo meramente ornamental, porque quedaba bien, pero la leyenda y la Historia no siempre fueron parejas.
Sobre el escudo, media corona se fundía con medio turbante, simbolizando la confusa postura adoptada en los conflictos bélicos y, bajo el escudo, un crespón rosado y una cinta donde podía leerse "Monus visti seda, monus queda", cuya traducción al castellano no necesita ninguna explicación. Llevaba también el Ingeniero Hidalgo una espada regia, forjada con el tiempo, y afilada para cortar un buen jabugo en lonchas o en capas, según fuera para bocadillo o para raciones. En su empuñadura, lucía el escudo de la bodega donde lo adquirió a cambio de la devolución de seis envases de tinto añejo que D. Crispín consumía con relativa frecuencia.
Cargado con semejante equipaje y con la mirada firme en el horizonte, tratando de vencer la desesperación de los kilómetros recorridos sin mucho, o más bien nada, digno de ocupar una sola línea en sus memorias, notó el de Nombela que no cruzaba solo la ancha meseta. Alguien le seguía sin él saberlo. Su olfato (a pesar de estar anulado por los orines con que se había lavado aquella mañana), una especie de sexto sentido y, sobre todo el ruido de pisadas tras de sí, le hicieron confirmar sus sospechas: dos duendes de pequeño tamaño y caminando muy juntos le seguían con la intención de arrebatarle la espada, la armadura con el escudo familiar y los restos de la gallina de la cena. Pensó durante un trecho nuestro hidalgo y recordó un lema de la hidalguía: "Un caballero andante jamás retrocede, siempre cabalga y mira hacia adelante" lo cual dificultaba la posibilidad de saber quién le seguía. Decidió pues Crispín hacer que Mustafá avanzase trazando una gran circunferencia a fin de dar la vuelta sin girar y situarse por detrás de sus perseguidores... pero los espías, extrañados, continuaron siguiéndole y, finalmente convencido de que nadie salvo sus misteriosos perseguidores verían que se daba la vuelta, agarrando con fuerza las riendas de Mustafá, giró sobre la joroba y descubrió que, quien iba tras sus pasos, lejos de ser dos duendes con malas intenciones, era el can con quien se batió y compartió gallina la noche anterior.
Bajando de Mustafá, con torpeza, ruido y golpes, se agachó hacia su acompañante y mirándole a sus grandes ojos marrones le preguntó:
- Buenos días tenga usted, fiel amigo y compañero de cena.
Tras un silencio de unos veinte minutos, Crispín pensó que posiblemente era inútil esperar respuesta, así que prosiguió el monólogo.
- ¿Acaso andáis en pos de correrías acompañando a este valeroso hidalgo? -preguntó D. Crispín-. No me viene mal algo de compañía, así que serás mi fiel compañero. Pero, habrás de tener un nombre con el que entrar en la Historia. Un nombre que muestre tu astucia, un nombre elevado y mitológico... de modo que, en memoria del encuentro que nos unió, del descubrimiento del sabio Arquímedes y de cierta cancioncilla que me evoca a los tiempos en que unos juglares de tierras lejanas trovaban en la plaza de Nombela un cantar de gesta acerca de una gallina, desde ahora serás Eureka el Audaz.
Y fue así como Don Crispín Talamona Mumahl y Eureka el Audaz prosiguieron su periplo en pos de aventuras por tierras castellanas.