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lunes, febrero 24  

JineteDE LAS DESVENTURAS DEL PROCELOSO HIDALGO DON CRISPÍN TALAMONA MUMAHL Y SUS CORRERÍAS EN POS DE DESFACER TUERTOS

Capítulo I: "De los orígenes del caballero Don Crispín y su aciaga juventud."

Dícese en los primeros relatos que se conocen de Don Crispín que fue el precursor en historias caballerescas de dudosa alabanza del afamado Don Quijote de la Mancha, magistralmente llevado al mundo de la literatura por Don Miguel de Cervantes y Saavedra. Lo que poca gente sabe es que Don Miguel se basó en las corerrías de Crispín para la creación de tan afamado personaje, al margen de otras influencias, claro está, como "La Historia de la Manga Corta", o el libro "Los Bajos Fondos de Madrid", entre muchas. La que hoy reproducimos en estas líneas es la última versión fidedigna que quizá se conserve al cabo de los siglos, transmitida de padres a hijos, de padres a cabras e incluso de madres a empleados repartidores, indistintamente, desde los albores del siglo XVI.

Para comenzar nuestra historia hemos de remontarnos al año 1513, y a la lejana y por aquel entonces muerta de asco aldea de Nombela. Don Crispín Talamona Mumahl, vecino de la misma, tomó la resolución de abandonar sus confines en pos de aventura, prestigio y mozas de buen ver tras intensa lectura de novelas de caballería, al igual que posteriormente haría Don Quijote en su libro. Don Crispín era un súbdito castellano de origen un tanto embarazoso, nunca mejor dicho, y es que su padre, Marcos Talamona Mubuena, se alistó en el frente de asedio contra los moros de Cádiz sólo para alternar las posadas de más dudosa moral de Tánger durante dos años largos, fruto de lo cual tuvo a bien aparecer en Nombela algún tiempo después con el rédito de un camello, 3 kilos de hierbas aromáticas que solía fumar a todas horas y un crío algo moreno de segundo apellido Mumahl.

Viene a cuento contar que Crispín tuvo una infancia complicada, gracias a su padre, pues los mozos del pueblo tenían por diversión habitual abrirle la cabeza a pedradas en su condición de "moromierda", como era conocido por entonces, sobre todo teniendo en cuenta que no estaba la cosa muy cristiana con los moros, y que la inmigración, legal o ilegal, no era vista con buenos ojos tratándose de súbditos del Islam.

Todas estas penurias y muchas otras tuvo que soportar Crispín a lo largo de los años, ante lo cual optó por dedicarse a la lectura compulsiva de libros de caballería de corte heroico y triunfal. Poco a poco fue convenciéndose de que su futuro estaba lejos de la aldea, dedicado a resolver toda injusticia o afrenta de quien se viera en necesidad de ayuda, tal y como él había deseado a menudo en su eterna indefensión.

Así pues, tomó resolución un día de abandonar Nombela. Se despidió de su padre, ya anciano, retirado en el burdel de Castañar de la Órden y, a lomos del viejo camello, Mustafá, abandonó su hogar en pos de aventuras.

jueves, 27 de febrero > | Mostoman | Recordaba Don Crispín, mientras atravesaba las eternas dunas del desierto castellano, que por aquellos tiempos era considerado un desierto, lejos de las florecientes hectáreas de cultivo que aún hoy en día no existen. Recordaba Don Crispín, decía, sus inicios en las andanzas de este mundo. Pensaba en los terreros terrenales y los problemas mundanos, las dudas que le asaltaban y en más de una ocasión, en su asalto, le despojaron de la paga de los sábados al grito de "¡¡¡moromierda!!!". Recordaba aquellos tiempos en que, echado junto al fuego, observaba las estrellas y soñaba con su futuro. "Cuando el agua de la fuente corra clara -pensaba- y mi rostro se vea limpio. Cuando el maléfico brujo Acnef Acial, que me tiene hechizado, desfaga su mal en mí... entonces seré grande y reconocido en todos los reinos, de Alá y del otro, por haber logrado inventar el método de estornudar sin cerrar los ojos. Y verá Alá que soy grande, y me invitará al palco celestial de su hipódromo, donde todos comen y beben, y vuelven a beber, como los peces en el río". Sueños aquellos de juventud y locura, cuando Don Crispín no pensaba, ni por asomo, que su nombre sería el anónimo más reconocido en la noche de los tiempos de la literatura castellana debido a sus andanzas. Quizás aquellas hierbas "aromáticas" de su padre influyeron en tales delirios, pero, adolescente, y ya algo magullado, Don Crispín poseía elevados proyectos.

Era domingo y caía ya la tarde. Mal día quizás para tales andanzas, pero con la operación retorno las vías de salida estaban aseguradas y libres, en contra de las de entrada, donde había retenciones, sobre todo en la entrada a Nombela, debido a un choque entre dos vehículos.

Seguía cruzando las dunas cuando se topó con lo que podría haber sido un festín y ya eran sólo restos de chuletas y sardinas. Algo de morcilla y chorizo se adivinaba en el olor a fritanga. Entre tales residuos orgánicos peleaba un can por arrancar del hueso algún trozo de carne que llevarse al estómago mientras córvidos y otras aves de carroña sobrevolaban la zona dibujando círculos. Don Crispín, miró al animal, sonrió y, con la dignidad que caracteriza al que tantos libros habían definido como Caballero Andante Español, descendió de su caballo para, tan rápido como sus articulaciones le permitieron, abalanzarse sobre aquel indefenso perro y arrebatarle salvajemente la pieza que mordisqueaba (una escena enternecedora). En lucha sin igual defendieron ambos su derecho a una comida digna, mostrándose los dientes con fiereza. Zarpazos y mandobles se cruzaron, alaridos de dolor y gritos de rabia. Animal y... y animal se enfrentaron para defender, no sólo su cena de aquella noche, posiblemente la última en varios días, sino su dignidad y su honor. Arrodillado, a cuatro patas y cubierto de arena y polvo, Don Crispín luchaba convencido de su superioridad y su quizás primera aventura victoriosa de tantas como deseaba encontrar en su periplo.

En medio de la cruenta batalla sonó un cacareo... ambos contrincantes se detuvieron y se miraron sorprendidos sin soltar sus bocas ambos extremos del hueso objeto de disputa. Lo soltaron y galoparon hacia la indefensa gallina, con clara ventaja del perro sobre el Caballero, a pesar de su depurada técnica, tan sólo limitada por las dimensiones de sus extremidades. Decidió entonces incorporarse y coger una piedra del suelo para lanzarla con certera puntería y lograr así su propósito: Eliminar a su contrincante. Afinando su puntería lanzó la piedra hacia el perro con tal fortuna que mató a la gallina. El can recogió la pieza entre sus dientes y la acercó a Don Crispín, a quien ofreció la gallina con un gesto de generosidad en sus grandes ojos.

Con tan sólo un palo, dos piedras, algunas hojas secas y la oportuna ayuda de un rayo que milagrosamente cayó del cielo, encendió nuestro caballero el fuego sobre el que se asaba la gallina ante la atenta mirada de los dos cazadores que, al olor de la carne dorada del ave, mojaban la tierra con la saliva generada en sus bocas.

viernes, 28 de febrero > | Zemanski | Una vez satisfecho el apetito, púsose de nuevo en camino nuestro caballero, en pos de nuevas aventuras que colmaran su vocación. Cabalgó varias jornadas antes de darse cuenta de lo complicado que iba a estar aquello de correr aventuras a miles en una meseta de mierda, mas no cejó en su empeño de pasar a la Historia al menos. Para ello debía probar primero la premisa que había anunciado por toda Castilla y que le haría inmortal en los libros de caballería como el descubridor de la técnica del estornudo sin cerrar los ojos.

Convencido de sus posibilidades, descabalgó en medio de un páramo desierto con objeto de poner en práctica sus primeras pesquisas sobre este particular. Anochecía ya, así que encendió una hoguera como pudo y comenzó a concentrarse a su calor. Se arrodilló, oró Alá y acá, oró por doquier pivotando sobre si mismo y, finalmente, se concentró en su ejercicio. Inspiró profundamente varias veces, con los ojos cerrados. Pensó que un poco de arena bastaría para despertar el primer estornudo, pero coordinó mal los movimientos y, en su afán por mantener los ojos abiertos a toda costa a pesar del estornudo, se echó un puñado de arena a la cara sin haberlos cerrado previamente. Los alaridos de dolor se propagaron por el espacio infinito de la noche. Crispín daba saltos sin órden ni concierto y, finalmente, fue a dar con su camello Mustafá, tras lo cual cayó violentamente hacia atrás y perdió el sentido.

Despertó al día siguiente con las primeras luces del alba, luces que él sólo alcanzó a ver a medias, pues aún tenía gran cantidad de arena metida en los ojos. Se lavó la cara con sus propios orines, pues no encontraba la cantimplora. Bueno, ni la cantimplora ni el propio el camello, en medio de tan lacerante ceguera.

Al fin logró despejar suficientemente su vista. Resuelto a seguir adelante con sus pesquisas, no cejó en su empeño y comenzó a elucubrar una nueva manera de provocar el estornudo. Se fijó en unos matojos que había a su vera. Quizá con su ayuda podría provocar la tan deseada explosión mucosa. Arrancó unas ramas y se las pasó concienzudamente por la cara, mas no reparó en que se trataba de la temida variedad Acneorines Refulgatis, que provocó de inmediato un escozor en la piel de Crispín como no recordaba desde que se había lavado la cara con lejía cuando era pequeño.

Absolutamente frustrado y dolorido, presa de la impotencia y ciertamente ofuscado, se subió Crispín a su camello dispuesto a dejar sus indagaciones sobre el tema para otra ocasión más propicia cuando, de repente, le vino un picor súbito y estornudó a traición sobre el cuello de su animal, poniéndolo perdido de esputos y variantes. Crispín maldijo en voz alta su mala suerte, pues la reacción le había cogido desprevenido, mas Mustafá no estaba dispuesto a tolerar tales arranques irrespetuosos sin aviso. Se quejó con un potente sonido ronco y comenzó a trotar a un ritmo endiablado, mientras Crispín oscilaba sin control sobre una de las jorobas hasta que cayó entre las dos y vio chafada considerablemente su entrepierna. Las lágrimas no tardaron en brotar en espasmos.

Los dos partieron al trote en busca de nuevas aventuras, en medio de alaridos y variados insultos al cielo.

12:35 | Zemanski |

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