Estados Unidos ha gastado ya en esta guerra más de 400.000 millones de dólares. La revista The Economist analiza en sus páginas ese coste, y asegura que equivalen a...
· El gasto necesario para luchar contra el SIDA los próximos 35 años.
· Según la FAO, 15 veces lo que sería necesario para reducir a la mitad el hambre en el mundo hasta 2015.
· Veinte veces la ayuda externa anual de Estados Unidos.
· El conjunto del PIB de los 70 países más pobres del mundo.
· 170 veces el presupuesto anual de educación en España.
La última no es de extrañar si tenemos en cuenta el contenido del artículo anterior, pero lo demás da que pensar.
La OCDE ha publicado un informe en colaboración con el Ministerio de Educación (se les tenía que caer la cara de vergüenza) y la editorial Santillana sobre el panorama de la educación en 2006, según el cual en España gastamos en educación sólo algo más de un tercio de lo que gastan otros países como los suecos o los noruegos, por ejemplo, pero hablando de datos proporcionales con respecto al PIB. Otro dato que resulta clarificador con respecto al nivel de la educación en este país es el siguiente: un 30% de los estudiantes españoles ni siquiera terminan la ESO.
Teniendo en cuenta estos vergonzosos registros, no es de extrañar que según el informe, España ocupe el puesto 23 en cuanto a abandono de estudios secundarios antes de ser finalizados. Todo esto dentro de una lista de 26 países, en la que sólo se encuentran por detrás de nosotros Brasil, Turquía y México. Una vez más, compañeros aventajados de estadísticas. Mantengo la esperanza de que alguna vez en el futuro, y a pesar de la propaganda de nuestra clase dirigente al respecto, salgamos comparados con alguna nación del primer mundo.
En el lado opuesto figuran países como Noruega, en donde el número de alumnos que completa la educación secundaria es del cien por cien, seguido de Alemania en donde se roza esa misma tasa.
España es de los países donde más se repite", con un porcentaje del 28,6 por ciento, lo que se asocia a "tradiciones culturales", probablemente, según dijo el tipo que presentó el informe, y a la influencia de países como Francia, con tasas de repetición del 38,3 por ciento, mientras que en los de mejores resultados académicos, como Finlandia, ese porcentaje de repeticiones es del 2,8 por ciento.
Pues nada, nosotros a importar el modelo francés, como se hizo a finales de los 80 si no recuerdo mal, que para imitar lo bueno somos unos hachas.
ARTÍCULO INVITADO - corresponsal Alemania | "Experimento de tolerancia"
En la sociedad occidental nos encontramos actualmente en un momento complicado, en un mundo cada vez más globalizado, en el que intentamos comprendernos y llevarnos bien todas las culturas, costumbres y creencias, todos los pueblos, para conseguir una mejor convivencia.
De actualidad está el tema del Islam y cómo éste puede convivir en sociedades tan diferentes como las occidentales, y en occidente hemos entrado en la fiebre de la tolerancia y aceptación, sin conocer apenas límites, entrando en un bucle de ceguera imparable, infectado por lo políticamente correcto y con la tendencia casi viciosa ya de estar obligados a tolerar prácticamente todo, seguramente porque en el mundo de las ideas y de la ética eso es lo correcto, lo más bonito, aunque su puesta en práctica en el mundo real no sea siempre la más conveniente en todos los casos. Lo importante es tolerarlo todo, da igual en qué condiciones y a qué precio. Nos encanta utilzar el término "tolerar" y llenarnos la boca de él, quizás en muchos casos para presumir de ello, para apaciguar unos sentimientos de culpa en occidente que no sé muy bien de dónde vienen o cómo o quién los ha alimentado.
Si a alguien se le ocurre poner un pero, una pega o inconveniente, que ponga trabas a ese plan de tolerancia absoluta a cualquier precio, "como sea", es visto como un monstruo intolerante y se le adosan todos los adjetivos calificativos posibles para hacerle sentir culpable, se echa mano de todos los prejuicios y esterotipos (racista, intolerante, fascista...).
Pero primero leamos qué significado, de entre sus varias acepciones, encontramos en el Diccionario de uso del español de María Moliner para estos términos que tantísimo se están utilizando en referencia a este tema, es decir, cuando se habla del asunto de la integración, aceptación y tolerancia de otra religión (porque a fin de cuentas se reduce a ello) como es la del Islam:
Tolerancia: Cualidad o actitud del que respeta y consiente las opiniones ajenas.
Adaptarse: acomodarse, ajustarse o amoldarse una cosa a otra. Acomodarse a cierta situación o conformarse con ella.
Integración: Acción e incorporación a la sociedad de una persona marginada o discriminada.
Integrar: Referido a una persona, adaptarla (o adaptarse) al lugar en que vive o se desenvuelve.
Bien, estaremos todos de acuerdo en que en este mundo lo mejor para llevarse bien es entenderse, aceptarse y tolerarse , obviando ahora cualquier referencia a leyes, constituciones, cartas magnas y demás. Y creo que estaremos todos de acuerdo en que superando todas las barreras posibles y en búsqueda del bien común esta acción de "tolerar" debe ser recíproca, base de cualquier relación humana sana. Si se pierde ese equilibrio, se le puede llamar abuso o tomadura de pelo. Y obviemos también, porque es un aspecto muy molesto, que cuando estás "invitado" a otro país, la mayor prioridad es respetar por encima de todo los valores y leyes de ese país, pero bueno, este asunto es también peliagudo, así que lo dejamos.
Bien, como se está montando un pifostio de cuidado con el dichoso tema de los musulmanes (aunque en realidad lo estamos complicando nosotros en occidente y nadie más) y parece ser que empezamos a perder puntos de referencia y comenzamos a dar palos de ciego sin saber ya muy bien qué leñes hacer, propondría un ejemplar experimento, siempre basándome en ese aspecto innegable e indiscutible de la reciprocidad en la que se basa la tolerancia (porque estamos de acuerdo en que eso es lo justo, ¿no?).
Como lo que voy a presentar a continuación es una idea, no nos paremos en sacarle pegas, sino en sacar conclusiones. Espero que esta idea nos ayude a pensar hasta qué punto nuestros esfuerzos en occidente están siendo justos o no en esta relación de tolerancia mutua.
Al igual que se invierten miles y miles de millones de euros ( y dólares) en proyectos como mandar un cacharro a Urano o campañas publicitarias para que te pongas el casco mientras vas borracho en tu moto, etc, etc., yo propondría hacer el esfuerzo de invertir esos inagotables miles de millones y billones de euros o dólares en el siguiente experimento:
Se elegirían a unos cuantos millones de ciudadanos occidentales, todos ellos cristianos, ateos y agnósticos, digamos que en una relación del 50% o 70% de los primeros y de un 50% a 30% del resto. De entre ellos un porcentaje significativo de homosexuales y lesbianas. Es espectro cultural iría desde el más inculto hasta el más culto, es decir, también habría intelectuales y escritores (caracterizados por disfrutar de una libertad de expresión que les permite criticar todo y ponerlo en duda). Bueno, esta selección así a grandes rasgos. Cogeríamos a estos millones de ciudadanos, con una pensión estatal más que generosa, y los respartiríamos por ciertos países, como por ejemplo: Irán, Palestina, Afganistán, Arabia Saudí... Bien, se asentarían allí, por millones, formarían parte de la población sin crear ningún tipo de carga económica para esos países, claro, sino más bien todo lo contrario. Y una vez allí asentados, representando un porcentaje importante de la población total de cada país, empezarían por supuesto a reivindicar reconocimiento y respeto de su cultura, costumbres, religión y demás. Los cristianos exigirían respeto y tolerancia hacia su religión (en países, a diferencia de nosotros, donde llevar una Biblia o ser homosexual te puede costar la vida), tener el derecho de practicarla y tener iglesias, se pediría también el derecho a poder tener la orientación sexual que se quisiese (no deja de ser algo culturalmente cada vez más admitido en occidente), representar obras teatrales y publicar escritos, artículos y libros con la garantía de la libertad a la libre opinión y expresión. Por supuesto también se exigiría la igualdada enter el hombre y la mujer, al menos en estas comunidades occidentales, que se tolerase, y que las mujeres pudiesen participar de la vida social como lo hacen en occidente, por no hablar de tener el derecho cultural a no tener que llevar velo o poder llevar pantalones cortos, como en occidente (derechos que nos parencen tan obvios hoy en día que olvidamos la lucha que precedió a estos adelantos sociales). Por supuesto también se exigiría poder consumir alcohol y cerdo, en establecimeintos propios, claro. Así podemos nombrar un largo etcétera de ejemplos que a muchos se nos podría ocurrir, pero que en realidad no son más que el reflejo de lo que un gran porcentaje de musulmanes exigen en occidente.
A estas alturas del presente texto ya habrá gente que habrá fruncido el ceño y meneará la cabeza: "qué cabrón". Pues no, señores, les remito de nuevo al principio de este escrito y les repito: un mundo justo en el que todos nos respetemos, aceptemos y toleremos, donde esta actitud de recíproca y por ello justa. Pero como ya se habrán dado cuenta, el experiemnto que acabo de exponer es simplemente imposible, inimaginable y se deberían preguntar por qué, por qué no es posible y si eso es justo, si esa imposibilidad es una contribución a que nos entendamos todos, porque señores míos, no sé entonces por qué si paseo por Austria o Alemania (por ejemplo) me veo obligado a ver mujeres con burka, a oir que se quiere hacer el Islam también religión oficial del estado, se construyen cada vez más y más mezquitas (porque en Alemania no hay una o dos, sino cientos) y así un larguísimo etcétera de aspectos positivos y negativos mientras mi mujer no puede ir sin el puñetero pañuelo por un país musulmán como Arabia Saudí.
Si se hace en occidente y oriente un llamamiento al diálogo y tolerancia entre estas dos culturas o maneras de vivir la vida, entre "civilizaciones", de acuerdo, hagámoslo, pero sobre una base justa, de tolerancia recíproca y buscando el bien común.
Hagamos este experimento, reunamos firmas (jajaja) y quizás así podamos ver todos de qué va todo esto, quién está de verdad dispuesto a tolerar y vivir en paz hoy en día.
Es asombrosa la podredumbre que destila nuestra clase política. Desde siempre. La historia nos ha acostumbrado a un sometimiento pertinaz a personajes de la más baja ralea desde tiempos inmemoriales, gente que siempre ha regido nuestros destinos con una incapacidad, avaricia material y en ocasiones integrismo moral difíciles de superar. Uno podría pensar que con la llegada de la democracia ese tipo de personajes estarían más controlados por el pueblo, que la gente al menos podría elegir libremente a sus líderes en función de criterios de honorabilidad, honestidad y eficacia en la gestión. Pero no. Una buena parte de la culpa la tiene el propio pueblo, que es idiota -y sin remedio-. La otra la tienen los propios políticos, que también son idiotas, pero que son además unos listos y unos aprovechados.
Ayer desayuné con la noticia de que Clos va a sustituir al ínclito Montilla al frente del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio. Estupendo. Genial. De cagarse. Lo peor no es el hecho en sí, sino que a estas alturas ya no me sorprendo de nada. Lo primero que me sugirió la noticia fue que el Gobierno se había quitado de encima a Clos y a su desastrosa gestión en Barcelona justo antes de las municipales. Lo segundo es que para deshacerse de él nos lo había colocado a todos los españoles como un alto representante de asuntos de Estado. Toma recompensa por los servicios prestados. En este país nuestro de pandereta está claro que cuanto más incapaz eres, más alto llegas.
La noticia me obligó a pensar que estaría bien que por una vez uno de nuestros representantes no fuera un inútil, un mentiroso, un demagogo vergonzoso o, sencillamente, un gilipollas. Pero resulta que echando la vista atrás y alrededor, no encontré apenas ejemplos fuera de esa categorización. Tenemos a los cretinos de sonrisa permanente que mienten más que hablan, auténticos vendedores de enciclopedias virtuales, como Rubalcaba, Solana, Gallardón o Moratinos; incompetentes absolutos -a veces incluso retrasados- como Ana Palacio, Narbona, Trujillo, Piqué (aún recuerdo sus inclinaciones sumisas de cabeza representándonos por todo el mundo), Espe, Álvarez del Manzano, sin comentarios ambos, o el inefable Pepín Blanco; radicales iluminados como Arzalluz o Carod Rovira que por narices tenemos que soportar a diario en todos los telediarios dada nuestra política descentralizada y plegada a pactos autonómicos con auténticos fascistas; radicales a secas, bastiones de la moral y otros inclasificables, como Acebes, y un largo etcétera de políticos que podrían ser catalogados dentro de categorías tan virtuosas como las anteriores, o más. El propio Zapatero podría ser una mezcla de todas (exceptuando cualquier rasgo de radicalidad, por supuesto).
Pero eso no es todo. Como si no tuviéramos bastante con tamaño despliegue de carroña inútil, hemos de lidiar con las administraciones locales, cada vez más poderosas e independientes, basadas frecuentemente en el más bochornoso caciquismo, en pactos entre amiguetes, en un clientelismo desvergonzado que no conoce límites y en la prevaricación impúdica de todo cuanto se tercie, sobre todo si hay de por medio algún asunto relacionado con ladrillos.
Esta es la España que tenemos. Cuando llegan las elecciones siempre hago el esfuerzo de leerme el mayor número posible de programas electorales, para ver si alguno me sorprende y me convence de alguna manera. Pero no. Ninguno. Para empezar, me parece increíble que la gente vote a cualquiera de los dos grandes partidos que tenemos en España, una vez que ambos han demostrado su incompetencia, su demagogia constante y el uso de la mentira por sistema. Aparte de eso, es que apenas hay diferencias después de todo en el ideario político que venden. Por supuesto, hay que acaparar toda la horquilla de votantes que sea posible. "Aunque sea un partido de derechas, voy a tratar muy bien a los inmigrantes, a los sindicatos y a los grupos étnicos minoritarios y a tener una política social del copón, te lo juro, o sea", o bien "aunque sea un partido de izquierdas voy a favorecer a la empresa y al empresario, voy a entrar en la OTAN, voy a dar un papel de relevancia al estamento militar, y voy a ser muy serio con los malotes". Si profundizas en el resto de idearios políticos te das cuenta de que están calcados a estos. Todos defienden los derechos sociales, la justicia, la sanidad chachipiruli, las libertades fundamentales, se pliegan a lo que dice la Constitución sin duda alguna, son demócratas y súper, súper tolerantes. Hasta Falange Española.